De la demolición del Estado mexicano

Poco quedará en pie, al terminar el mandato de Felipe Calderón Hinojosa, del ya de por sí maltrecho edificio del Estado mexicano. Aunque la tarea de demolición del mismo es obra de muchos y resultado de muchas décadas de abusos, no puede negarse que Calderón, en la misma línea de su predecesor Vicente Fox, se ha esforzado en dinamitarlo desde sus mismos cimientos.

Torcido por la corrupción y la impunidad, desfondadas e inoperantes sus instituciones, el Estado mexicano, ya al borde del naufragio en el año 2000, tenía en la alternancia y en la plena y verdadera transición democrática, una última esperanza de reconstrucción.

Si un mandato recibió Vicente Fox de los millones de ciudadanos que por él votaron fue precisamente ése; refundar la nación, darle rumbo, solidez, viabilidad al Estado y a sus instituciones. Por eso votaron por él los mexicanos, porque más que un cambio cosmético, apostaron por una transformación profunda.

El guanajuatense, primer presidente con credenciales realmente democráticas de la historia reciente de México, con el aval de una mayoría obtenida en comicios incuestionables, ni supo, ni pudo, ni quiso hacer esa transformación; podía haber cambiado al país, cambió sólo la situación de su familia y su partido.

Le falló así Vicente Fox Quesada a quienes por él votaron, le falló a la democracia, le falló al país. Juicio político habría que exigir para ese hombre que en hora tan grave y al mismo tiempo tan cargada de esperanza para la nación se dio el lujo de darle la espalda. Crimen de lesa democracia el suyo.

Ganó Fox las elecciones porque prometió sacar al PRI de Los Pinos. Ganó las elecciones porque prometió que caerían peces gordos. Ganó las elecciones porque hizo creer a millones de ciudadanos que, con él, terminarían los abusos y sería demolido hasta sus cimientos el antiguo régimen. Nada de eso pasó. Al contrario.

Entregó Vicente Fox, porque necesitaba cómplices, porque no tuvo el coraje y el valor de encabezar el proceso de transición a la democracia, la hacienda pública y los centros neurálgicos del poder a ese mismo PRI que prometió destruir.

Teniendo la posibilidad real, con el Pemexgate, de asestar un golpe debajo de la línea de flotación a ese partido y desmontar, legalmente, sus redes de corrupción Vicente Fox decidió, más bien, hacer suyos los mismos usos y costumbres, convirtiéndose, de hecho, en rehén de ese aparato que, por el mandato recibido en las urnas y con el poder que de esos votos emanaba, debería haber destruido.

No sólo ante el PRI dobló Vicente Fox la cerviz; también lo hizo ante los poderes fácticos. Sin la experiencia, ni la capacidad coercitiva del PRI, se volvió entonces también rehén de los barones del dinero y la alta jerarquía de la Iglesia católica.

Comenzaron a llegar entonces facturas a Los Pinos —que de acreedor pasó a deudor— y no tuvo empacho Fox, tan incapaz, como insolvente, en empeñarlo todo a cambio de migajas para su familia y unos cuantos de sus asociados.

Traicionó así Vicente Fox las legítimas aspiraciones democráticas de millones de mexicanos y dilapidó un capital político que, nunca antes, mandatario alguno había tenido en sus manos.

Pero no sólo falló Fox durante su sexenio, sino que, al meter ilegalmente las manos en el proceso electoral de 2006, de la misma manera que lo hicieron durante décadas los gobernantes priistas, comprometió, con la paz y la estabilidad, el futuro de México.

Frustró así, quien por los votos libres se hiciera presidente de México, la transición a la democracia y asestó un golpe brutal a las instituciones. Golpe que, su cobardía, su inacción ante el crimen organizado, al que entregó buena parte del territorio nacional, volvió demoledor contra el Estado mexicano.

Heredero de esa misma vocación demoledora, Felipe Calderón ha actuado con prisa y sin pausa contra las instituciones que dice defender y contra el Estado cuya viabilidad debería garantizar.

Se equivocan quienes consideran lo sucedido en 2006 un agravio que debe ser olvidado. La democracia, para serlo realmente, no puede construirse haciendo trampas, y Vicente Fox y Felipe Calderón las hicieron y tanto que ahí está, “haiga sido como haiga sido”, este último sentado en la silla presidencial.

Si su proverbial “mecha corta”, su urgencia de legitimidad, su adicción a la propaganda y su, cada vez más evidente, vocación autoritaria ha hecho a Felipe Calderón embarcarse en una guerra sin perspectivas de victoria ¿Qué no hará ante la inminencia del fin de su mandato y el peligro de que un sucesor no deseado lo exponga al que habrá de ser, sin duda, el juicio severo de la nación?

Mal cálculo hacen quienes consideran agotada la capacidad de maniobra de Calderón y peor quienes piensan que, para frenar al PRI, hay que ayudarle a él y a su partido. Si “haiga sido como haiga sido” llegó, “haiga sido como haiga sido” se va a ir. Todavía hay Estado por demoler y Felipe Calderón no tendrá empacho —y tiene la fuerza del penúltimo año para hacerlo— en ponerse a terminar la tarea.

 

fuente : http://impreso.milenio.com/node/8906262

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