Loret de Mola describe a Libia bajo la muerte y el miedo

MESAED, Libia.— No se respira miedo. En el país hay una guerra civil declarada por el régimen de Muammar Gaddafi contra sus opositores, pero el oriente de Libia apenas exhibe algunas cicatrices de conflicto: no hay gente en la calle, pocos vehículos circulan por las carreteras, las casas lucen vacías, no hay ruido y cada 10 o 15 kilómetros aparece un retén con un grupo de hombres, algunos civiles que buscan tumbar a la dictadura, otros militares que han desertado para sumarse al movimiento popular.

En cambio, no se escucha una sola bala. Van tres días sin enfrentamientos en la región y lo único que perturba el ambiente es una despiadada tormenta de arena que se combina con lluvia, se vuelve lodo e imposibilita la visibilidad. Los opositores están felices por la llegada de corresponsales extranjeros, los ciudadanos prestan sus automóviles para adentrarse en la cobertura informativa y el que sabe inglés se sube al convoy para traducir.

La frontera, del lado egipcio, es una fila de tres kilómetros de combis blancas que, estando el turismo en estado de coma tras la revolución, se forman para recoger a los más de 15 mil refugiados que han huido de las atrocidades libias, buscando destino en la nación de los faraones. En los techos, hasta metro y medio de altura de equipaje. Y todos para El Cairo. En migración no cabe un cuerpo más. En la aduana tampoco.

El que puede, sale, pero hay quienes no: 10 nigerianos, unos 30 nepalíes (uno de ellos protegiéndose del sol del desierto con una bandera atada en la cabeza), varios de Ghana y 114 de Bangladesh están atrapados. Quedaron en medio. Ya salieron de Libia pero no pueden entrar a Egipto porque sus empleadores, de la industria de la construcción, les retuvieron sus pasaportes y no pudieron localizarlos en medio de la revuelta contra Gaddafi.

El otro polo de la misma escena es la frontera del lado libio. Está vacía. Ochocientos metros de desierto y una garita fantasma: edificios administrativos abandonados, puestos de control sin quien controle, carriles de revisión en los que nadie detiene. Y el silencio que no rompen ni las olas del Mar Mediterráneo que alcanza a verse a la distancia. Apenas el ruido del viento, otra vez, de la implacable tormenta de arena. Roída, una bandera antigua de Libia da la bienvenida a su suelo.

Es de la vieja monarquía a la que el coronel dio golpe de Estado a finales de la década de los 60.

La desempolvaron los rebeldes para desmontar el lábaro del dictador.

Llevan un arma larga, un chaleco con tiras fosforescentes y una sonrisa de las que sólo da la victoria.

La oposición controla, plenamente y sin disputa, aproximadamente 40% del mapa. Al este tienen el mando total. Es la región petrolera en una nación que es la séptima más importante gasolinería del planeta y que ha llevado a su población a gozar del triple del ingreso per cápita que México. Han ido conquistando algunas ciudades occidentales a un costo de sangre alto, como ninguna otra de las naciones que juegan su futuro en el mundo islámico.

Libia está conformada por más de un centenar de tribus que a lo largo de 42 años Gaddafi supo cómo mantener unidas.

Ya no. Las renuncias en su gabinete, las dimisiones de sus diplomáticos, las deserciones entre generales de su ejército se explican por los liderazgos tribales que, de golpe, condenan al régimen por su atroz represión y con su gente y sus armas cambian de bando, y transforman los equilibrios políticos.

La oposición está enrachada. Adonde camina, llega. Adonde apunta, avanza. Está bien organizada. En su bastión, Bengasi, la segunda ciudad más importante de Libia, preparó memorias digitales con los archivos de video que grabó con sus celulares el pueblo en las manifestaciones, enfrentamientos y ejecuciones.

Funcionan los semáforos y se intenta recuperar la vida normal en medio de las visibles paredes ahumadas de las edificaciones que prendieron en fuego por la revolución.

¿Será hoy?

Falta Trípoli, claro. La capital que es aún, según reportes confiables, sitio de cruentas batallas. Cuentan que el coronel se ha refugiado en una zona militar resguardada por tres regimientos, que ha aglutinado a sus tropas para atrincherarse y esperar a sus opositores que parecen cercarlo y quererlo enfrentar si se puede mañana mismo. Mañana es hoy para el lector. Viernes. El día feriado en el mundo islámico. El que se dedica al rezo. Ben Alí perdió Túnez en viernes, 14 de enero. Mubarak dejó El Cairo en viernes, 11 de febrero. ¿Gaddafi?

fuente : http://www.eluniversal.com.mx/internacional/71736.html

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