DECADENCIA Y PROGRESO

Me encanto esta reflexion de fernando escalante de la revista nexos y me gustaria compartir con ustedes  ojala les guste.

DECADENCIA Y PROGRESO

POR FERNANDO ESCALANTE GONZALBO

Los grandes pensadores del siglo XX occidental han pintado un cuadro que no tiene remedio: el de la decadencia. Según se ve. la sensibilidad ha sido achatada y consumida por el sentido práctico: de igual modo, el buen gusto ha caído en manos de los grandes ideales democráticos: la relativa igualdad, la tecnología, la educación masiva. En suma, y como argumenta Fernando Escalante, no sin nostalgia, la devastación de la cultura es el resultado de las mejores tendencias civilizatorias. A este argumento añadimos algunas perlas del pensamiento contemporáneo que expresan el ideal de una cultura humanista que. para todo uso. está en peligro de extinción

La idea de la decadencia no es nueva; al contrario, debe ser de las más trilladas que hay y tan antigua como el sentimiento de nostalgia. Todo proceso de cambio, por benéfico que sea, entraña alguna pérdida. y por eso el cambio produce siempre su reacción y sus reaccionarios, su nostalgia; la idea de la decadencia corresponde a esos movimientos inevitables de la conciencia histórica. Como es lógico, en la medida en que se acelera el cambio, en la medida en que se hace general y masivo, también se vuelve más aguda y más trágica la nostalgia. Eso ha sucedido en los últimos tiempos.

Hay en el ambiente un optimismo impreciso y un poco desorbitado, producto sobre todo de las nuevas tecnologías, pero hay a la vez la idea de que algo se ha perdido, acaso de modo irreparable, no sólo en la naturaleza, sino en el orden cultural, en las posibilidades de la vida humana. Lo que llama la atención es que con frecuencia van las dos cosas juntas, el entusiasmo y la nostalgia, en la misma cabeza e incluso en el mismo texto. Es decir: no se trata de que el progreso tenga un lado oscuro, sino que lo mejor que tiene, lo más esperanzador es también lo más destructivo; los recursos tecnológicos, la posibilidad del bienestar, la inclinación igualitaria y democrática de las instituciones, todo ello termina por agostar la creatividad cultural. Esa es la idea, poco más o menos. Pero lo interesante son los matices.

Encuentro una imagen dramática de esa agonía, llamémosle así, en la novela de Saúl Bellow, Ravelstein. que relata los últimos meses de la vida de un profesor de filosofía, extravagante y conmovedor, irresistible, que muere de sida. Lo que se muere, lo que agoniza es un mundo y una manera de habitar el mundo: jovial, desmesurada, sabia, de contrastes y matices imposibles. Ravelstein no es un anacoreta. ni mucho menos; nadie podría disfrutar tanto del lujo, de la elegancia de un traje o la posibilidad de escuchar una grabación inusitada de un concierto barroco, con la última tecnología, pero ese dispendio es sólo el andamiaje necesario —eso sí, necesario— para una vida puramente contemplativa, dedicada por completo a la inteligencia, sin el menor asomo de sentido práctico. Es una vida del siglo XX, que no podría ser sin la comodidad, sin los recursos o la abundancia del siglo XX; y se muere de una enfermedad del siglo XX, con los cuidados médicos del siglo XX. Pero una vida que ya no puede ser: única y pasada.

El modelo, transparente, de Ravelstein es Alian Bloom, el autor del libro que se podría decir emblemático de la nostalgia finisecular: The Closing of the American Mind, un libro que tuvo un éxito inusitado y que llevó, como se dice, al gran público la nueva discusión sobre la decadencia. En su inicio, el planteamiento de Bloom es sencillo: los jóvenes norteamericanos llegan a la universidad tranquilamente convencidos de que toda verdad es relativa, sobre todo en lo que se refiere a las formas de vida, al orden moral, la política; esa convicción, junto con un ánimo igualitario, les permite ser tolerantes y comedidos, respetuosos hasta el aburrimiento. Están dispuestos a recibir cualquier idea porque todas les parecen igualmente aceptables; son demócratas, liberales, pluralistas por temperamento y por educación, en eso consiste su virtud.

Pero hay un reverso de esa virtud. Bloom pasa revista a la vida cotidiana de sus estudiantes, a sus aficiones, su música, su manera de entender el sexo, sus relaciones y amistades, y en todo se encuentra con la misma facilidad, la misma actitud desenfadada, de alegre ligereza; no hay nada que sea verdaderamente grave para ellos, ninguna pregunta que sea de vida o muerte. Estudian lo suyo, lo que les corresponde, con aplicación y desapego. Lo que se ve es la  inclinación tolerante, apacible y generosa; lo que hay en el fondo es indiferencia. Y no es un accidente, sino una consecuencia lógica de la inercia cultural de los últimos dos siglos.

No estoy seguro de que Bloom piense que en algún momento se erró el camino, porque podría ser que no hubiera ningún otro. En todo caso, lo que lamenta no es que haya dejado de leerse a Platón o que ya no se lea en serio, o que sean minoría los fanáticos, devotos y arrebatados. Su nostalgia se refiere a la decadencia de la sensibilidad, achatada y consumida por el sentido práctico; es lo que explica en esa emocionante obra última que es Love and Friendship. nunca se había preocupado tanto la gente por el amor ni se había hablado con semejante desenvoltura de todos sus detalles. Lo que no hay es el amor del que escribió Platón, el que conoció Shakespeare: esa experiencia vertiginosa, hecha sobre todo de palabras, que incluso amerita la mayúscula. Hoy se dice amor y puede significar cualquier cosa, y el sexo no pasa de ser una necesidad fisiológica, que hay que atender por motivos de higiene. Nuestro tiempo es igualitario y científico; eso permite relaciones menos angustiosas, también impide que tengan hondura: junto con el desencantamiento del mundo está la deserotización del mundo, sin remedio.

Los argumentos de Bloom son difíciles de digerir para la conciencia liberal; por eso, seguramente, se le ha acomodado entre los conservadores, sin pensarlo demasiado. En cualquier caso, esa manifestación particular del “pesimismo del progreso” no es del todo nueva: el problema es habérselas con las consecuencias de la técnica y de la democracia, cuya inercia siempre ha parecido amenazadora, porque no tiene límites y avanza como una marea, arrastrando con todo. Llevándose en primer lugar, por supuesto, la vieja cultura. Cuando se habla de ello, en los últimos cincuenta años, suele encontrarse como punto de referencia más próximo el texto de C. P. Snow, The Two Cultures, y la violenta reacción que inspiró a F. R. Leavis. Lo que argumentaba Snow, con algunos matices, era que la “cultura científica” terminaría por desplazar, en la formación común, a la “cultura humanística” y que sería para bien; Leavis, por supuesto, tenía que defender —aunque fuese un poco atropelladamente— la tradición, los autores clásicos, los grandes libros; lo otro era la decadencia.

El origen del debate, en el mundo de habla inglesa, es mucho más lejano. La preocupación aparece en los problemáticos ensayos políticos de T. S. Eliot, es casi obsesiva en la obra de Irving Babbitt y se remonta, por lo menos, hasta el texto clásico de Matthew Arnold, Anarchy and Culture, para todos ellos la amenaza es la sociedad industrial, su combinación característica de tecnología, democracia, utilitarismo, espíritu científico y moralidad sentimental. Ahora bien: a fines del siglo XIX, incluso a principios del siglo XX podía imaginarse que todo se resolvería con una buena educación, una educación general a base de clásicos, literatura y dosis considerables de autocontrol. En los últimos

El tema tiene innumerables variaciones; escojamos una: la posibilidad de crítica es el fundamento cultural del mundo que conocemos, ilustrado y progresista, pero la crítica es un arma de doble filo, con un poder de destrucción que excede siempre su capacidad constructiva. Lo que sucede hoy en día. según el argumento de Irving Kristol en “Countercultures”, es que la crítica se ha vuelto irracional, cínica, oportunista, espectacular, de un nihilismo chabacano y acomodaticio: es un producto degenerado de la rebelión romántica, la expresión comercial de la “cultura antagónica” de los intelectuales, acostumbrados a denunciar la vulgaridad del mundo burgués. Es decir: no se trata, estrictamente, de un proceso de decadencia, sino de una disolución activa, enconada, de los valores de la cultura tradicional.

En ése, como en la mitad de los textos reunidos en Neo-Conservatism. The Autobiography of an Idea, Kristol escribe dialogando con Lionel Trilling; de hecho, es de Trilling el mejor diagnóstico de la contracultura del fin de siglo: en un libro de hace más de treinta años, uno de los más brillantes ejercicios de crítica cultural que recuerdo, Sincerity and Aut- henticity. Lo resumo malamente: el impulso crítico de Occidente. la virtud disolvente de la Razón, junto con el individualismo, han producido la idea de autenticidad como modelo y aspiración moral. Las consecuencias son paradójicas. La ambición de una fidelidad absoluta a uno mismo desemboca en el culto de la tradición y las raíces, por ejemplo, en la negación de todo orden moral o racional, incluso el del lenguaje, o en la penosa doctrina que sostiene que la locura es la única liberación, la salud, la autenticidad. Cualquiera puede ponerle nombres a todo ello: es lo de menos. De esa pepitoria pueden surgir dos o tres individuos geniales, pero cuando se convierte en el idioma normativo de la gente común, no pasa de ser una coartada para la mediocridad y el despropósito.

Pero también podría ser todo culpa de la tecnología. Esa es, exagerando un poco, la idea de Theodor Roszak en The Cult of Information, una tecnología madura es la que produce tantos problemas como los que resuelve; ha sido así antes, con toda clase de aparatos, y es así con la informática, cuya amenaza enfoca particularmente a la educación. Es una fantasía suponer que los niños (y los adultos) que hoy se dedican a jugar en una computadora hubiesen estado antes absortos en la lectura de Shakespeare, pero es indiscutible que la tecnología tiene consecuencias y afecta no sólo al aprendizaje y las formas de diversión, sino a la imagen que nos hacemos del mundo.

Las nuevas tecnologías ofrecen sin duda oportunidades sorprendentes, pero hay el riesgo, según Roszak, de que el entusiasmo por las computadoras vaya arrinconando y acabe por disolver cualquier capacidad imaginativa. Lo característico de los sistemas de computación es que pueden manejar: almacenar, organizar, administrar enormes volúmenes de información; dentro de ese orden, en cuanto a la cantidad de información, no hay una diferencia apreciable entre La Ilíada y el directorio telefónico. Si lo que importa sobre todo es eso: velocidad, volumen de datos, sistematización, la computadora lo hace de manera inmejorable. No tiene ningún sentido perder tiempo poniéndose a leer a Homero, porque no hace falta, lo mismo que no hace falta leer el directorio telefónico. Lo único malo es que la información, por mucha que sea, no produce ideas.

El resultado es que la educación “pertinente”, útil y puesta al día, cuenta con la informática y se organiza para un mundo donde predomina la informática, y tiene que omitir muchas de las viejas habilidades intelectuales, porque estorban. Entre ellas, por supuesto, todas las que apreciaría Alian Bloom, comenzando por la memoria. Con eso se gana eficacia, pero también una educación más igualitaria y con sentido práctico. En todos los niveles, la vieja formación, materias y disciplina de las humanidades tenían una inclinación elitista porque no eran ni podían ser útiles: formaban personas cultas; su decadencia de hoy no es un producto accidental de la tecnología, sino que significa que la educación se ha hecho más democrática y utilitaria.

Por eso sucede, según lo pone Jacques Barzun en The Culture We Deserve, que la incultura actual se origina, se nutre y se reproduce sobre todo en las universidades, donde lo que hay son especialistas que se dedican a preparar profesionales en serie, regularmente capaces todos y todos susceptibles de reemplazo. De un profesional se requiere un tipo de destreza particular, como la de una herramienta: muy fina, muy compleja y sofisticada, pero una herramienta; del especialista, por otra parte, lo que se espera es que produzca piezas útiles del mecanismo de la Ciencia, escritos metódicos, de formato estándar, asequibles para cualquier otro especialista: eso sí, cada vez más y más rápido, con más información, que para eso están las computadoras. En un ambiente así, un personaje como Alian Bloom no tiene cabida sino como reliquia, para el disfrute morboso de la nostalgia.

Dentro de lo que cabe, Barzun admite algo de optimismo. En algún momento, dice, el aparatoso crecimiento del sistema actual terminará haciéndolo hundirse bajo su propio peso, llegaremos a verlo tan banal y tan estéril como es realmente. Podría ser. Mientras tanto, lo que se ha perdido es una manera de pensar, un idioma moral, una sensibilidad: la de los lectores y los intelectuales públicos que ya no hay. Con un tono más mesurado, pero acaso también más terminante, Russell Jacoby dice casi lo mismo en The Last Intellectuals. Jacoby es aproximadamente un hombre de izquierdas, es decir: partidario, en principio, del progreso; lo que echa de menos es el clima cultural en que podía producirse un idioma público exigente y abierto, que no fuese la jerigonza de los especialistas ni la escandalosa vulgaridad del periodismo.

La vida académica tiene toda clase de limitaciones y deformidades: sin contar con sus humanísimas corrupciones, induce un modo de pensar estrecho, disciplinado, una escritura hermética, gris y obediente. Pero nada de eso es nuevo. La novedad consiste en que haya desaparecido la alternativa de otra clase de vida intelectual, orientada hacia un público lector cultivado y atento. Ya no hay ese público ni hay espacio ni necesidad de intelectuales, en un sentido serio de la palabra.

Es un panorama un poco triste el que pintan todos: el de la decadencia. Pero lo grave no es eso, sino que esa devastación de la cultura —digámoslo otra vez— sea resultado de las mejores tendencias de la civilización, de las que hay que celebrar: la seguridad, la relativa igualdad, el bienestar, la tecnología, la educación masiva. Nadie lo ha  dicho con tanta fuerza y sentido trágico como George Steiner en Los archivos del Edén, las obras perdurables, las grandes creaciones han sido siempre producto de espíritus enfermos, consumidos por una vocación inhumana, que vivían en sociedades fundamentalmente injustas y violentas, con frecuencia tiránicas; la sociedad de hoy, en cambio, que en comparación es mucho más justa y pacífica, es incapaz de producir nada equiparable.

Tal vez haya alguna exageración en la tesis de Steiner. En todo caso, la disyuntiva es lamentable, porque podría ser cierta. Podría ser que el genio fuese incompatible con el orden de una sociedad decente.

fuente:

http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2101358

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